PAUL
MC CARTNEY VUELVE A CASA (CON RINGO, GEORGE Y JOHN)
CREANDO UNO DE LOS DISCOS MAS CONMOVEDORES DE SU CARRERA
En The
Boys of Dungeon Lane, su 25° álbum de estudio, McCartney convierte los
recuerdos de Liverpool, la amistad, la familia y los Beatles en la materia
prima de uno de los discos más íntimos y conmovedores de su carrera.
Clarin
Paul McCartney es un niño de
unos 13 años que lleva en el bolsillo un ejemplar de The Observer’s Book
of Birds. Es un pequeño libro ilustrado por Archibald Thornburn que sirve de
guía para el avistaje de aves. McCartney suele llevarlo en sus
caminatas por Speke, el barrio ribereño de Liverpool que es base del aeropuerto
hoy llamado John Lennon, y donde reside un
desconocido George Harrison. Después de cruzar Hale Road, la última calle antes
del río Mersey es Dungeon Lane: poco más que un sendero entre arbustos y
yuyales que sirven de hábitat a golondrinas, alondras y carpinteros. “The Boys”
son dos chicos que McCartney se cruza de improviso. Son mayores que él, y se
llevan su reloj. Paul no había vuelto a pensar en ellos hasta ahora. ¿Qué habrá
sido de sus vidas?
Puede
sonar extraño para un artista de 83 años, pero McCartney no había
trabajado con su pasado hasta ahora. Sí había trabajado de sí mismo: desde
comienzos de los 90 aceptó –primero de mala gana y luego con fervor– la tarea
de ser CEO y primer fan del legado de The Beatles. En una época en
que la nostalgia es una commodity, es curioso pero cierto que los
exintegrantes del grupo más importante de la historia hayan sido por mucho
tiempo reacios a autocelebrarse. Pero trabajar con la memoria es otra cosa. Y
Paul parece haberse amigado con la idea de revolver su historia y haberse
quitado la presión de competir contra sí mismo.
Las
catorce canciones de The Boys of Dungeon Lane reflejan este cambio de
perspectiva, que puede rastrearse al menos hasta la miniserie documental McCartney
3,2,1 (2021) y que se extenderá como mínimo hasta el estreno de la biopic
anunciada para 2028. En el medio, la serie Get Back, el libro The Lyrics, el
documental Man on the Run, las reediciones y remasters… McCartney está
en una etapa de cosecha y vive rodeado de su pasado. Pero si en discos
como Chaos and Creation in the Backyard (2005) o New (2013)
las canciones inspiradas en su juventud asomaban como perlas entre la
bijouterie pop de su incansable búsqueda por agradar, experimentar y sintonizar
lo contemporáneo, en The Boys of Dungeon Lane la sustancia que
amalgama su nueva joya es la memoria.
El
nuevo enfoque ha hecho de McCartney no un censor o un forense de la
historia pública de su vida, como en "Early days", de New,
cuando el motivo era desmentir a biógrafos, exégetas y oportunistas. Ahora
Paul es el más entusiasta de la audición renovada de los Beatles, como se
ve en sus diálogos con Rick Rubin para McCartney 3,2,1. Y un flâneur asombrado
de los meandros de su memoria. Como Proust, este Paul entiende que el recuerdo
racional es un brazo raquítico del árbol de la memoria afectiva: un campo
abierto y plástico de evocaciones y personas que es posible reanimar y volver a
la vida para recobrar las emociones de otro tiempo.
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