ERA RECOLECTOR DE BASURA. GANO TRECE MILLONES DE DOLARES EN POCOS AÑOS, LO
PERDIO TODO Y TUVO QUE REGRESAR A SU ANTIGUO EMPLEO
Michael
Carroll tenía 19 años y vivía en Norfolk, Reino Unido. Pasaba sus días
limpiando las calles de su ciudad hasta que todo cambió. Los números de la
suerte.
TiempoPopular
Había
sido un día como cualquier otro para Michael Carroll. Se levantó tarde, con
dolor de cabeza. La resaca de cerveza barata no le permitía moverse demasiado
rápido. Se dio una ducha y salió para el trabajo. Debía limpiar las calles de
Norfolk, su ciudad. El de recolector de basura es un trabajo demandante desde
lo físico y las noches agitadas que solía tener no ayudaban. Terminó la jornada
laboral al límite de sus fuerzas. Antes de ir al pub, paró en una agencia de
lotería. Hizo una fila breve y al llegar delante del empleado puso el billete
arrugado sobre el mostrador y recitó los números, modulando bien, casi
separándolos en sílabas para que no hubiera confusión. 5, 28, 32, 39, 42 y 48.
Y se quedó callado. El empleado lo miró, calculaba si el cliente estaba
pensando. Pasados unos segundos le dijo: “Falta un número, señor”. Carroll se
rió de su error y dijo, porque sí, sin pensarlo: 21. Esa combinación casual,
que nunca había realizado, cambiaría su vida. Al menos por un tiempo.
Al
día siguiente, el 19 de noviembre de 2022, Michael Carroll, este joven inglés
de 19 años ganó 9.8 millones de libras. Más de 13 millones de dólares (23
millones actuales). La prensa se desesperaba por encontrar al ganador de esa
fortuna. El día que fue a cobrar el premio, una pequeña de multitud de
periodistas y fotógrafos hacían guardia para poder dar al fin con él. Fue una
sucesión de sorpresas. La primera fue la juventud del ganador, 19 años. La
segunda sorpresa fue la más fuerte. Carroll llegó con una tobillera
electrónica. Estaba en libertad condicional. Su récord criminal era profuso, un
prontuario prolífico. Peleas, drogas, algún robo.
Cuando
los periodistas le preguntaron por su vida pasada, él dijo que eso ya había
quedado atrás, que se había reformado y que buena prueba de ello era su labor
como recolector de basura. Después de terminar la primera serie de entrevistas
que lo convertirían en una celebridad, Carroll renunció a su trabajo.
Las
fotos de los meses posteriores son bastante elocuentes. El gesto triunfador,
ostentoso. Los ojos nublados pero encendidos, la sonrisa ancha y rígida. De
su cuello cuelga una cadena de oro con eslabones de varios centímetros de ancho
que termina en un macizo guante de boxeo, lleva pulseras que refulgen y en cada
uno de los dedos de la mano lleva un anillo prominente (lo primero que se
pregunta el que ve la imagen es cómo hacía Carroll para agarrar los cubiertos).
Se
compró, también, una gran mansión, dos autos deportivos y una moto de gran
cilindrada. Una parte del premio lo puso en un bono que le daba dividendos
mensuales. Supuso que esos millones no tendría necesidad de tocarlos nunca.
El
proveedor (de productos legales) que con más frecuencia llegaba a su nuevo
hogar era el de Champagne. Una vez por semana un camión llegaba con decenas de
cajas de champagne que muy pronto Carroll y sus amigos terminaban.
Se
convirtió en un personaje mediático. La fascinación que provocaba un personaje
de clase baja dándose gustos que ni siquiera había imaginado. “Me gustan las
fiestas grandes. Son tan íntimas. En las reuniones privadas no hay ninguna
intimidad”.
La
mansión parecía ser la sede de una fiesta continua, sin fin. La gente entraba y
salía (en mucho peor estado del que había entrado) y dentro seguía la música
fuerte, los gemidos y Michael.
Según
confesó, su día empezaba con media botella de vodka y tres líneas de cocaína.
Le gustaba compartir con sus amigos. Sin sorpresa alguna el número de sus
amistades por esos días de gloria se incrementó sensiblemente.
“Me
acosté con 4000 mujeres”, dijo sin saber que estaba parafraseando a Julio
Iglesias. Convertirse en millonario no lo alejó de los calabozos y los
tribunales. Al contrario, la sensación de impunidad que da el dinero y las
constantes fiestas y sus excesos lo hicieron delinquir con más frecuencia. En
sus años de opulencia tuvo alrededor de 30 detenciones. Excesos de velocidad,
resistencia a la autoridad, posesión de drogas, daño a la propiedad pública y
privada, lesiones.
Su
adicción al alcohol y a las drogas se incrementaba con el correr de los meses. Pero cada
negocio en el que entró, fracasó. O ante su falta de control fue estafado. Casi
un millón de libras se fueron en aportes al Rangers, su club de fútbol de toda
la vida que pasaba por una situación acuciante..
Su
cuerpo y su casa se deterioraron con el uso constante. La esposa lo dejó,
los amigos, también apenas se dieron cuenta que la plata se acababa.
Para
tratar de salvar algo le sugirieron que debía vender los autos y la mansión.
Pero entre lo derruida que la habían dejado las orgías constantes y los
desmanes durante años y una baja en el sector inmobiliario, recibió menos de la
mitad de lo que había pagado originalmente por ella.
En
pocos meses también gastó lo que recibió por la venta y lo echaron del lujoso
hotel al que había ido a vivir.
Cinco
años después del premio, algunos diarios empezaron a hablar de que Carroll
estaba al borde de la quiebra. Michael lo desmintió con énfasis; aprovechó que
otra vez el interés público se había centrado sobre él, para saciar su sed de
fama: acudía a las entrevistas con su personalidad arrolladora y oro
colgando de buena parte de su cuerpo en formo de aros, anillos, pulseras y
cadenas. Para inicios de 2008 Michael Carroll estaba decididamente fundido.
Bastante menos de una década le duró el apogeo económico. Alguna vez
calculó que gastó más de dos millones en cocaína.
Los
tabloides volvieron a buscarlo. Era una buena historia. De ascenso y caída
abrupta. Sin redención. Michael dijo que necesitaba trabajar y que prefería
volver a su antiguo empleo, el de recolector de basura.
Michael
Carroll terminó viviendo durante varias semanas en una pensión para indigentes
a costa del estado. Finalmente su antiguo empleador le dio trabajo.
Michael volvía a la primera casilla del juego de la vida. Otra vez no tenía
nada y trabajaba de basurero.
Los
periodistas buscaban su testimonio, suponían que él se mostraría arrepentido,
abatido, de ninguna manera. Estaba, sí, algo resignado pero satisfecho de sus
años de opulencia. Le parecía bastante normal lo que había sucedido: “Cuando
vos le das toda esa cantidad de millones a un chico de 19 ¿Qué esperás que
pase?”, dijo. Decía que le iban a venir bien unos años de normalidad
después de pasar casi una década sobre una alocada montaña rusa.
También
dijo que había utilizado mucha plata en fiestas con amigos y mujeres y que
desgraciadamente el resto lo había dilapidado.
De
todas maneras sus años posteriores no fueron tan livianos ni despreocupados. Su
expareja no le dejó ver a su hijo durante mucho tiempo, perdió varios trabajos
por no poder cumplir con la disciplina mínima exigida, nuevas problemas con la
policía y tuvo dos intentos de suicidio.
Tardó
varios años en poder normalizar su vida. Para eso influyó la mudanza a un
pequeño pueblo escocés. Allí vive en la actualidad, sin nostalgia, siguiendo
rutinas, con una vida ordenada. Tiene 41 años, una nueva pareja y trabaja
recolectando basura y paleando carbón. Cada semana juega su boleto de lotería.
Les agradezco su enorme apoyo
y además les informo para los amantes del deporte que he abierto otro blog
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